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Cuando hablamos de beneficios del queso fresco, lo primero que conviene tener claro es que no todos los quesos son iguales. La diferencia entre un queso fresco y uno curado no es solo de sabor o textura: también cambia su composición y, por tanto, cómo encaja cada uno en una alimentación saludable.
El queso, en general, es un lácteo muy nutritivo. Puede tomarse en sustitución de la leche y también como homólogo proteico de carnes, pescados y huevos. Pero como existen numerosas variedades según el tipo de leche, la técnica de elaboración y el tiempo de curación, su aporte nutricional no es siempre el mismo. En este artículo te contamos qué aporta el queso fresco, en qué se diferencia del curado y cómo elegirlo según lo que estés buscando.
La curación determina que el queso sea fresco, tierno, semicurado, curado o viejo. La idea es sencilla: a mayor curación, mayor concentración de nutrientes, porque el queso contiene menos agua.
Para aterrizarlo, comparemos un queso fresco tipo Burgos con un queso curado tipo manchego.
En el queso fresco el contenido de agua es alto. En cambio, cuanto más curado está el queso, menos agua contiene. Por eso, los nutrientes tienden a estar más concentrados en los quesos curados.
El queso fresco aporta menos calorías que los curados. En los curados, las calorías son muchas más que en los frescos.
El queso fresco es rico en proteínas, aunque en menor cantidad que los quesos curados. En los curados, la cantidad de proteína es mayor.
En el queso fresco, el contenido de grasa puede ir de poca grasa a 0%, según la leche utilizada. En los quesos curados, la grasa es mayor y aumenta cuanto más curado está el queso. En ambos casos, el tipo de grasa es principalmente saturada.
El queso fresco es rico en calcio y aporta otros minerales como fósforo y selenio. En los quesos curados, el calcio es mayor que en los frescos, también aportan más fósforo y, además, iodo y zinc. En cuanto a vitaminas, el queso fresco aporta A, B12 y niacina, aunque en los curados el aporte de estas vitaminas también es mayor.
El queso fresco tiene menos sal que los curados y existen opciones reducidas en sal o sin sal. En los quesos curados, el contenido en sal es alto y aumenta cuanto más curado es el queso.
El queso fresco tiene más lactosa que los curados. Los quesos curados tienen un contenido de lactosa bajo, especialmente los viejos.
La ración orientativa de queso fresco es de 70–80 g. En quesos curados, la ración es menor: 30–40 g.
Dentro de los beneficios del queso, el queso fresco destaca por su perfil nutricional y por lo fácil que resulta priorizarlo frente a opciones más curadas.
El queso fresco es un alimento bueno para la salud ósea, ya que aporta calcio, fósforo y proteínas necesarios para el mantenimiento de los huesos en condiciones normales.
El queso fresco es un alimento bueno para las defensas, porque aporta vitaminas A y B12, necesarias para el funcionamiento normal del sistema inmunitario.
Ambos tipos de queso pueden formar parte de una dieta saludable, pero conviene priorizar los quesos frescos frente a los curados y alternar con otros lácteos como la leche fresca o fermentada. Si eliges quesos curados, la recomendación es reducir la frecuencia y la ración, alternando con otros quesos frescos y tiernos.
Aunque ambos pueden formar parte de una dieta saludable, conviene recordar que el exceso de grasa saturada y sal se asocia con mayor riesgo de enfermedades crónicas. Por eso se recomienda priorizar los quesos frescos frente a los curados y, si se eligen curados, reducir frecuencia y ración.
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